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Aprender para transformar

Actualizado: nov 18

Conectar a los jóvenes con su proyecto de vida es uno de los objetivos que tiene la educación media. Es decir que, además de ser un lugar donde los niños, niñas y jóvenes encuentren un lugar para vivir plenamente su presente, la escuela también debería ser un lugar en el que puedan prepararse para su futuro. Esto es, encontrar herramientas y capacidades para insertarse luego en la sociedad y en el mercado laboral.


La transición escuela-trabajo es entendida por la Cepal, como el tiempo que pasa entre el momento en que una persona deja de asistir a un establecimiento educativo y el momento en que consigue un trabajo remunerado. Es un período trascendental en el ciclo de vida, es un momento de toma de decisiones y de búsqueda de independencia personal y económica.


Todo lo que suceda en este período puede marcar la vida de los jóvenes. Por esto, esa relación entre escuela y empleabilidad es uno de los principales retos que afronta el sistema educativo, especialmente en sociedades como las latinoamericanas donde las condiciones de desigualdad permanentemente juegan en contra de los jóvenes y su posibilidad de alcanzar proyectos de vida satisfactorios.



Foto Sergio González | Proantioquia



Tal como nos lo indicó Sonia Gontero, Especialista en Mercado Laboral de la División de Desarrollo Económico de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe -Cepal-, en Latinoamérica hay 21 millones de jóvenes que no están insertos en el sistema educativo ni en el sistema laboral. En Colombia, la tasa de los ahora llamados “ninis”, jóvenes que ni estudian ni trabajan, es de 18,4%. Un dato que, además de preocupante, revela también la brecha persistente entre hombres y mujeres: mientras las cifras de la CEPAL indican que en el caso de los hombres la tasa está cercana al 16%, para las mujeres supera el 32%.


Si hablamos de desempleo, es decir, de la cantidad de jóvenes que han decidido buscar empleo pero aún no logran insertarse al mercado laboral, tenemos que decir que en América Latina la tasa corresponde al 13% de jóvenes hombres y al 18,8% de jóvenes mujeres. Y, si revisamos las condiciones de quienes realizan una actividad remunerada y, por lo tanto, no se encuentran en los indicadores anteriores, es necesario comprender que el 68% de los jóvenes que trabajan en América Latina, lo hacen en condiciones de informalidad. Esto significa que no reciben aportes para su jubilación o para el sistema de salud, ni tienen acceso a otros derechos que tendrían garantizados en trabajos formales, como licencias por maternidad, vacaciones pagas, entre otros.


¿Qué estamos haciendo mal como sociedad? ¿Cuál es la realidad que le estamos entregando a los jóvenes para que transiten plenamente por su ciclo de vida?


“El contexto es muy adverso, es muy desafiante -explica Sonia Gontero, de la CEPAL-. Trabajar para reducir todas las incertidumbres que caracterizan esta etapa, principalmente para los jóvenes de los contextos más vulnerables, es una tarea muy valiosa para avanzar en transiciones exitosas de la escuela al mercado laboral. Todo esto, a largo plazo, tiene un beneficio invaluable que es el de mejorar la cohesión social y ayudar a disminuir el riesgo de transmisión intergeneracional de la pobreza y la desigualdad. Y aquí el rol docente es esencial”.


Transición estudio-trabajo. ¿Qué puede hacer la escuela?

Una de las causas por las que muchos jóvenes abandonan sus estudios es la necesidad de conseguir un trabajo. Aún así, no logran su independencia económica, es un círculo que no logra romperse: las vidas de los jóvenes quedan marcadas por ciclos educativos incompletos y por trabajos precarios que no les permiten superar las condiciones de pobreza.


Paco Ramos, Director ejecutivo de Estrategias de Fomento del Empleo en Barcelona Activa, de España, afirma que “lo mejor que podemos hacer con los jóvenes es acompañarles para que maximicen el tiempo que están en el sistema educativo, para que mejoren sus competencias y sus capacidades, porque esto les va a ayudar luego a un mejor desempeño en el mercado de trabajo y va a permitir mejorar la productividad de la economía en su conjunto”.

Pero, ¿puede la escuela asumir toda la responsabilidad? Sonia Gontero insiste en la necesidad de entender que este proceso de transición involucra diferentes etapas y situaciones de la vida. Porque, como ella misma lo explica, no es un asunto exclusivo del sector educativo, sino que debe involucrar autoridades en distintos campos como salud, seguridad, desarrollo económico, y lo explica con un ejemplo. “En América Latina vivimos en algunas ciudades que son muy grandes, en las cuales hay segregaciones físicas. Justamente las personas que más necesitan son las que viven en las zonas más alejadas. Si esas personas no cuentan con un buen sistema de transporte público para trasladarse a su centro de formación para el trabajo, no lograremos una buena inserción laboral. Entonces, ¿el tema importa a esa área? Sí, y mucho”.


En concordancia con Gontero, la profesora Begoña Román, de la Universidad de Barcelona, llama la atención sobre un punto que a veces pareceríamos no querer reconocer: “la escuela también tiene límites, tiene que saber decir ‘no puedo y si es sola, menos’”. La responsabilidad de los jóvenes no es exclusiva de la escuela, la sociedad completa debe acoger el cuidado de esta población.


Frente a este tema y la idea de que la escuela debe formar para el trabajo, la experta en pedagogía Araceli de Tezanos, uruguaya, plantea una discusión de fondo: “La escuela no es para la vida, la escuela es la vida. Cuando se habla de la escuela para la vida es como la idea vieja de que la escuela sirve para que la gente aprenda a trabajar. Y no es así, nosotros vamos a formar muchachines para que ellos tengan su propio lugar en el mundo. Que se lo construyan, que lo sepan defender, que sepan argumentar. Entonces, ¿qué es lo que hay que hacer dentro de la escuela? Mirar para adelante de una manera distinta porque no estamos formando gente para que se integre al mercado de trabajo, sino para que transforme ese mercado de trabajo”.

Como parte de la reflexión, y sabiendo que no es un tema terminado, valdría la pena retomar la idea de Begoña Román, quien nos dice que la escuela no es sólo “un ascensor social”. “La educación es emancipación, es liberarse de la ignorancia y saber gestionar la incertidumbre”. Y también, retomar las palabras de la investigadora argentina Dora Niedzwiecki: “No podemos anticipar el futuro de cada niño”, pero sí podemos “iluminar lo que cada chico sí puede, sí sabe y sí disfruta efectivamente”.


Es decir que, además de preparar a los niños, niñas y jóvenes para su tránsito al mercado laboral, la misión de la escuela es acompañarlos en la construcción de un proyecto de vida que les permita ser ellos mismos y ser artífices de su propia realidad. ¿Estamos preparados, como sociedad, para asumir con la escuela esta responsabilidad?



Parche Maestro 2021 | Memorias



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Texto: María Andrea Kronfly | Equipo de Comunicaciones de Parche Maestro